Los bosques

En pleno bosque, la ciudad de Eliande se extendía entre cielo y tierra. Era una ciudad arácnea, un inextricable embrollo de lianas y ramas, de follajes y malezas, con helechos altos como un elfo y casi amarillos que formaban por encima del suelo una bóveda luminosa. Algunos habían construido sus chozas en el santo suelo, bajo aquella copa translúcida, otros, incluso, se habían hundido en la tierra, entre las lisas raíces de las hayas. Pero la mayoría de los elfos vivían en la copa de los árboles, justo bajo el cielo, en cabañas que en nada se parecían a lo que un hombre hubiera podido considerar una vivienda.

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Aquella ciudad inmensa se fundía en el bosque hasta tal punto que habría podido atravesarse sin ser advertido, pues no se hallaba en ella ni el ruido característico de las ciudades humanas, ni su perpetua agitación, ni olor de cocina alguna. Los elfos no sentían ni el frío ni la lluvia, y su noción de comodidad sumía a los demás pueblos en la consternación. Por esa razón no construían nada y, por muy grandes que fueran (y ésta era la mayor de todas), sus ciudades no eran, al modo de ver de los hombres, más que una maraña vegetal sin significado. Sin embargo era una ciudad inmensa y muy antigua, edificada mucho antes que los primeros burgos fortificados de los hombres aparecieran en la llanura. En vano se habría buscado un palacio, tiendas o incluso murallas. Allí no había nada, ni calle, ni plaza, ni lugar alguno donde reunirse, apenas un calvero. Pero todos los árboles estaban marcados con runas y todas las rocas estaban esculpidas, a veces desde el alba de los tiempos, con rostros-hojas ingenuos o extrañas volutas cuyo sentido habían olvidado los propios elfos.

En aquel tiempo, cuando el mundo era joven, decíase que la diosa Dana había creado el primer bosque para reunir los tres niveles de la conciencia, el mundo celestial que rozaban las altas ramas de los árboles, el de la superficie y las apariencias sobre el que crecían, y el mundo subterráneo en el que hundían sus raíces. Había plantado los siete árboles sagrados, el haya, el abedul, el sauce, el avellano, el aliso, el manzano y el acebo, y de ese bosquecillo había nacido toda la vegetación del reino de Logres y más allá. Cada árbol había sido designado por un ogam, una runa vegetal, formando así un alfabeto sagrado, para que los bosques hablaran por siempre a quien supiera leerlos.

Allí, en el corazón del bosquecillo, los elfos habían escondido su talismán, el caldero del Dagda, el Graal del conocimiento divino. Y allí se perpetuaba la enseñanza de la diosa, allí los iniciados se convertían en druwid, sabios por los árboles…

Pero eso fue hace mucho tiempo y el bosque había desaparecido, poco a poco, corroído por el desbroce de los campesinos, troceado por escaras y boquetes cada vez más anchos, que pronto llegaron al mar. Había sido lento, anodino al principio, casi ridículo por lo desprovistos que parecían los hombres, con sus hachas y sus sierras, frente a aquel océano de árboles inmenso, infinito. Sin embargo, hoy la llanura de los hombres recubría todo el mundo, y ya sólo subsistían, aquí y allá, algunos bosques flanqueados de malezas, de abrojos y troncos de árboles abatidos, que se pudrían lentamente bajo la lluvia y el viento.

Los elfos habían tenido que aprender a vivir fuera del bosque. Algunos se habían establecido en las marismas, en las marcas de las landas pobladas por los monstruos. Otros, a los que se llamaba elfos verdes, subsistían en los bosques y las malezas, junto al pueblo pequeño. Los elfos de los remansos se habían reunido con los hombres de las dunas y habían aprendido el mar.

De su antiguo dominio sólo quedaba una gran selva, la última por la que los elfos se habían batido, que se extendía en torno al bosquecillo sagrado de los siete árboles. Los hombres la llamaban Eliande, sin saber que ése era el nombre con el que los elfos designaban antaño el bosque entero, y con el tiempo los propios elfos le habían dado el nombre de Broceliande –el país de Eliande. Los que vivían allí eran llamados altos-elfos, y Liane era su reina.

 

La noche de los elfos.

Jean-Louis Fetjaine.

 

Así describe el autor de esta apasionante trilogía élfica el hábitat por excelencia de hadas y elfos: el bosque. El bosque misterioso, lleno de vida, de alientos, de sombras, de horror; los bosques que antaño cubrían generosamente Europa. Los bosques, dentro de los cuales los humanos no sabían adentrarse sin un recogimiento lleno de respeto. Nuestros antepasados conocían bien la bullente vida del bosque; muchos de los antiguos pueblos europeos, como los celtas y germanos, los veneraban como espacios sagrados, pues tras la imagen estática y calma de sus troncos y copas captaban una existencia exuberante, ajena a los humanos, potente y generosa, pero que podía ser hostil. El bosque otorgaba alimento y riqueza al hombre, pero también podía cobrarse sus vidas.

Los elfos de los bosques son a veces siniestros, quizás podrían incluirse dentro de la categoría de elfos de la penumbra.

Los Skogsra, elfos suecos, se consideraban peligrosos. Sus mujeres, que eran hermosas y seductoras, intentaban atraerse a aquellos que se habían extraviado en el bosque. Si lograban hacer contestar “sí” a uno de los perdidos en el bosque con sus llamadas, el desdichado estaba bajo su poder. Pero el control total sobre su víctima por parte de la Skogsnufva es cuando se ha consumado el trato carnal con el humano, entonces éste nunca podrá olvidar su noche de amor con la elfo, enfermará y morirá de melancolía. Los frutos de estas uniones son abortos monstruosos que más tarde, estas desaprensivas madres, intentarán cambiar por niños humanos hermosos y saludables.

Los esposos de las Skogsnufva, pueden cambiar de aspecto a voluntad: expandiéndose o menguando. Su verdadera forma es de ancianos con anchos sombreros, aunque pueden aparecer bajo la forma de lechuzas cornudas. Cuando tienen apariencia humana les delata su larga cola de buey, y lo mismo les sucede a sus esposas.

Las Vily son exclusivamente femeninas, viven preferentemente en los bosques de las montañas y en los picos escarpados. Son muy territoriales y toman medidas muy agresivas contra quien se acerque a sus árboles, bosque o animales. Se dice que nacen durante las lluvias de verano, cuando el sol descompone las gotas que penden de los árboles en pequeños arcos iris. Su personalidad es ambivalente, pues junto a su posesivo rigor –que puede mutilar o matar a aquellos que hayan dañado a alguno de sus animales o simplemente entrado en sus territorios, o bebido de sus fuentes- también pueden ser muy solícitas con los niños que ellas protegen, o en el cuidado de los campos, arroyos, bosques y ganado de los que sean dueñas. Tienen un gran conocimiento de artes mágicas y curativas y, de hecho, las mujeres que deseaban ser curanderas realizaban ceremonias para atraer a las Vily.

La vida de la Vila está ligada a un árbol-morada, sin embargo, son independientes de esta morada y pueden vagar lejos de ella durante años. Pero cuando uno de estos árboles es derribado, una Vila muere y sus compañeras vengarán su muerte. Sus árboles favoritos son los que dan frutos: nogales, pinos negros y hayas.

Las Vily son finas, de largas cabelleras onduladas de color castaño rojizo que les pueden llegar hasta los pies. Llevan vestiduras de blanco inmaculado. Su belleza puede ser exquisita.

 

Elfos y hadas en la literatura y el arte.

Los espíritus Elementales del Aire.

Sara Boix Llaveira


La Creación de Arda

Según el Ainulindalë, el primer libro de El Silmarillion, cuando no había mas que oscuridad y un gran Vacío, existía un Ser omnisciente que vivía solo en la nada. Se llamaba Eru el Único o, como lo llamarían después los Elfos, Ilúvatar. Éste era el Ser que para Tolkien sería el origen de toda creación. A lo largo del Ainulindalë Tolkien nos cuenta cómo los pensamientos elementales de Ilúvatar se convirtieron en una raza de dioses, llamados los Ainur (los santos) y cómo mediante el poder de Su espíritu (la Llama Imperecedera) Ilúvatar otorgó a los Ainur la vida eterna.

Para esta raza de dioses, Ilúvatar creó una morada en el Vacío, que recibió el nombre de Palacios Intemporales. Aquí, Ilúvatar enseño a los Ainur a cantar, y éstos se convirtieron en un enorme coro celestial. De la música de estos espíritus divinos surgió una sagrada Visión que era un mundo esférico que giraba en el Vacío. Arda, el mundo de Tolkien, literalmente surgió del canto, y cada miembro de la hueste celestial tuvo una parte en su concepción.

Sin embargo, la Música de los Ainur no había creado más que una Visión; hizo falta la palabra y la orden de Ilúvatar (y el poder de la Llama Imperecedera) para crear Eä, (el Mundo que Es). De esta forma se le dio a la Visión sustancia y realidad. Y a este mundo descendieron aquellos de los Ainur que más habían tomado parte en su concepción y que deseaban participar aún más en su formación.

Así relataba Tolkien la creación de su planeta, al que llamó Arda. Su concepción es a la vez extrañamente etérea y bastamente operística. Además, es un especie de doble creación, porque, cuando los Ainur llegaron a Arda, encontraron que ellos tenían que darle forma. La Música y la Visión no eran más que temas generales y profecías de lo que había de venir. Darle forma y crear su historia resultaron tareas mucho más difíciles. Tolkien nos dice que la mayoría de los Ainur permanecieron con Ilúvatar en los Palacios Intemporales, pero no vuelve a referirse a ellos. Sus historias tratan solamente de aquellos que entraron en las Esferas del Mundo. Aquí, estos espíritus divinos y sin cuerpo adoptaron manifestaciones de índole más física. Se convirtieron en los elementos y poderes de la naturaleza, pero, al igual que los dioses nórdicos o griegos, poseían una forma física, una personalidad, un género y estaban emparentados los unos con los otros. Los Ainur que entraron en Arda se dividen en dos órdenes: los Valar y los Maiar.

Los Valar eran quince: Manwë, Rey de los Vientos; Varda, Reina de las Estrellas; Ulmo, Señor del Océano; Nienna, la Plañidera; Aulë, el Herrero; Yavanna, Dadora de Frutos; Oromë, Señor de los Bosques; Vána, la Joven; Mandos, Guardián de los Muertos; Vairë, la Tejedora; Lórien, Señor de los Sueños; Estë, la Curadora; Tulkas, el Fuerte; Nessa, la Bailarina.  y Melkor, que se reveló contra Eru, y a quien más tarde se le daría el nombre de Morgoth, el Enemigo Oscuro.

Los Maiar eran multitud, pero sólo unos cuantos de estos inmortales aparecen nombrados en las crónicas de Tolkien: Eönwë, Heraldo de Manwë; Ilmarë, Doncella de Varda; Ossë de las Olas; Uinen de los Mares Tranquilos; Melian, Reina de los Sindar; Arien, Conductora del Sol; Tilion, Conductor de la Luna; Sauron, Señor de los Anillos; Gothmog, Señor de los Balrogs; Thuringwethil, el Licántropo; Baya de Oro, la Hija del Río; Iarwain Ben-adar (Tom Bombadial) y los cinco magos: Olórin (Gandalf), Curunir (Saruman), Aiwendil (Radagast), Alatar y Pallando.

Tan sólo después de la creación del mundo y de que los Ainur entraran en él comenzó la cuenta del tiempo en Arda. Dado que durante la mayor parte de la historia de Arda no hay ni sol ni luna para medir el tiempo, Tolkien nos da la medida cronológica del año valeriano y de las edades valerianas. Cada año valeriano equivale a diez años tal y como los conocemos nosotros. Y dado que cada edad valeriana contiene cien años valerianos, equivale a mil años humanos. Aunque hay numerosos sistemas y variaciones superpuestos y variaciones en acontecimientos y fechas en los distintos escritos de Tolkien, existe la suficiente coherencia para estimar con cierta precisión que el tiempo trascurrido desde la Creación de Arda hasta el final de la Tercera Edad del Sol (poco después de la Guerra del Anillo) fue de treinta y siete edades valerianas, o, para ser más exactos, de 37.063 años humanos. Los Ainur pasaron las primeras edades valerianas dando forma a Arda. Sin embargo, así como hubo discordia en la Música de los Ainur, también, cuando comenzó la verdadera formación de Arda, una hueste de espíritus Maiar, guiados por el poderoso Vala satánico llamado Melkor, originaron un gran conflicto. Fue ésta la Primera Guerra que llevó a que la simetría natural y la armonía de Arda se trocaran en confusión. Aunque Melkor acabó siendo rechazado, las tierras y los mares de Arda conservaron cicatrices y desgarros y la posibilidad de Arda como mundo ideal, tal y como lo había mostrado la Visíon, se perdió para siempre.
Cuando llegue el fin del mundo, los Valar y los Maiar se reunirán con sus parientes en los Palacios Intemporales y entre los que regresen se encontrarán también los Eruhíni, los Hijos de Eru que nacieron en Arda.


El blues de la generación perdida

Dices que yo
No tengo casi nada en la cabeza
Me miras, me juzgas, me condenas
¿Qué importa mi opinión?

Dices que yo
No he combatido en un millón de guerras
Que me da igual la voz de la experiencia
Dices que yo
Me dices que yo

Dices que sólo soy una veleta
A la que el viento se lleva sin querer
Dices que sólo soy una cometa
Que se eleva y que un día va a caer

Dices que yo
A veces te resulto incomprensible
Mitad vulgar, mitad un ser sensible
Dices que yo

Dices que yo
Escribo solamente tonterías
El blues de una generación perdida
Dices que yo
Me dices que yo

Dices que sólo soy una veleta
A la que el viento se lleva sin querer
Dices que sólo soy una cometa
Que se eleva y que un día va a caer

Si yo pudiera me llevaría la tristeza
De tu cabeza, de tu cabeza

Dices que me pierdo a cada instante
Que el futuro está en el aire y mi vida del revés
Ya sé que siempre dices lo que piensas
Por eso siempre escucharé aunque me duela

Cómo me dices que sólo soy una veleta
A la que el viento se lleva sin querer
Dices que sólo soy una cometa
Que se eleva y que un día va a caer


Halloween en España

Con esta denominación, Halloween es una festividad reciente en España conocida principalmente a través de las películas americanas; pero el culto a los muertos, el miedo que los temas de ultratumba sugieren y los ritos que con este motivo han ido surgiendo, se remontan en la historia de la humanidad a la prehistoria.

El culto y respeto a los muertos es el indicio que hace conocer a los arqueólogos la existencia de preocupaciones espirituales en el grupo humano que investigan; según la importancia de éste, sus costumbres alcanzan una mayor difusión y permanencia.

En Europa tenemos un grupo importante: el constituído por los celtas, el cual ha dejado una honda impronta en nuestra civilización y en algunas zonas se han conservado sus tradiciones hasta el momento actual, aunque ciertamente modificadas. Según la documentación existente, los celtas celebraban cuatro grandes fiestas durante el año relacionadas con el ciclo agrario.

El 1º de noviembre celebraban la fiesta de Samhain, en la que se conmemoraba el comienzo del nuevo año después del verano, las fiestas duraban 3 días y comenzaban el 31 de octubre en cuya noche Hallowe’en ("All hallow’s eve" , palabras del inglés antiguo que significan "víspera de todos los santos"), antes de comenzar el nuevo año tenía lugar la conjunción entre el mundo de los vivos y el de los muertos. El día 1º de noviembre estaba dedicado a los héroes y el 2º a los muertos, con grandes manifestaciones rituales.

Con el fin de asimilar esta costumbre tan arraigada, la Iglesia católica en el año 835 trasladó la festividad de Todos los Santos que se celebraba en mayo al 1 de noviembre y el Día de Difuntos más tarde en el 988 se instauró en el 2 de noviembre, buscando un sincretismo entre la tradición pagana y el cristianismo.

Fue costumbre durante muchos siglos, encender hogueras en las colinas para espantar al mal y se invocaba la protección de los antepasados, como espíritus amigos que podían proteger a sus descendientes. Todavía en tiempos de la Reina Victoria se encendía una gran hoguera en Balmoral.

En principio, los fantasmas como visión del difunto, no eran causa de miedo, sino de respeto porque proporcionaban la comunicación con el reino de la muerte.

En esta línea la costumbre española de representar Don Juan Tenorio está plenamente justificada ya que armoniza la vida y la ultratumba con gran maestría. Este personaje, creado por Tirso de Molina, se atreve a ir al cementerio, la noche de Todos los Santos, a conjurar la almas de quienes habían sido víctimas de su espada o sus deseos.

Los celtas tenían costumbre de vaciar nabos y ponerles una vela dentro como representación de las cabezas cortadas a sus enemigos. Hay que recordar que las calabazas son originarias de Centroamérica siendo los emigrantes irlandeses los que llevaron allí la tradición; éstos pronto sustituyeron los nabos por calabazas, más fáciles de vaciar y más vistosas.

En algunas zonas españolas de fuerte influencia celta, como Asturias y Galicia, se conservaba esta tradición en el Día de los Difuntos.

En Galicia se unen dos tradiciones, la celta y la católica, por lo que en esta región de España es en la que más perdura la tradición en el recuerdo de los muertos y las animas del purgatorio, muy unidas al folklore local, así como las leyendas de aparecidos y fantasmas.

En Asturias están documentadas dos costumbres que solemos identificar con el Halloween americano: hacer farolas con calabazas en la noche de Todos los Santos y la de que los niños vayan pidiendo dulces o comida por las casas; la primera pervivió hasta los años 50 del siglo pasado y la segunda, fue prohibida por la Iglesia en el s.XVIII.

Actualmente se tiende a olvidar las connotaciones religiosas y exaltar el terror, las brujas y los fantasmas.

Todavía el homenaje a los muertos, con la visita y adorno de las tumbas con flores, es lo primordial y más importante en esta festividad.

En Latinoamérica perviven estas características llevadas a aquellas tierras por los españoles, aunque la influencia norteamericana también se deje sentir.

Estas tradición sin duda sobresale en México pero, aunque existe una gran diversidad de costumbres, no dejan de tener el mismo significado para todas las culturas de Latinoamérica.

En partes rurales de Perú, por ejemplo, la celebración del Día de los Muertos empieza el 1º de noviembre y termina el 2º de noviembre.

Según la leyenda, las almas de los muertos regresan durante el Día de los Muertos para disfrutar de los altares, que son llenados de objetos que reflejan algún aspecto de la vida de la persona fallecida. En las casas de los familiares, un altar (mesa) es dedicado a los difuntos con fotografías de las personas a las que se honra; se ilumina con velas dispuestas alrededor de la mesa y con las flores que se llevarán al cementerio el siguiente día.

Las ofrendas para el fallecido incluyen aquellas comidas que el difunto disfrutaba cuando estaba con vida o alguna cosa que hubiese sido importante para él. La costumbre es dejar las ofrendas durante toda la noche para que el difunto pueda tener tiempo de disfrutarlas. Al día siguiente se reza por los difuntos y ya se puede comer lo que se les había dejado de ofrenda.
Ya al siguiente día, las familias van al cementerio y ponen las flores en las tumbas de sus muertos.

En las ciudades, el Día de los Muertos se celebra de una forma más sencilla; en lugar de poner las ofrendas toda la noche, se ponen el día 2º de noviembre y se dejan en el altar durante toda la tarde, al atardecer van al cementerio a visitar a sus muertos y a dejarles flores.

Este día es un homenaje para todos los muertos que ya no se encuentran con nosotros y se ve con alegría porque hace que nos acordemos de ellos. Los familiares y amigos se reúnen en la casa del fallecido para recordarlo. Durante esta pequeña reunión se acostumbra tomar café, mientras que se conversa y recuerda cosas del difunto.

Estamos ante distintas tradiciones que, aunque transformadas, han llegado a nuestros días y llevan implícita la idea de la llegada del invierno y el culto a los muertos y tienen también una vertiente fantástica y terrorífica.


Conocer Egipto

Egipto es un país que se extiende entre el desierto de Libia y el de Arabia, formando un valle estrecho y prolongado, regado por el Nilo.

 

El grandioso paisaje que es su decorado, al ritmo regular de las crecidas del Nilo y de la carrera del sol, convierte a Egipto en un lugar de ensueño, al que hoy acuden los turistas y curiosos de todas las partes del mundo.

 

Allí todo señala lo inmutable y lo eterno; en las puertas del desierto la vida desafía a la muerte, y de ahí a creer en la inmortalidad del alma hay sólo un paso, y esta creencia estuvo en el centro del arte y la religión de Egipto durante toda la duración del imperio faraónico. ¿Cómo no creer en un dios eterno, dispensador de bienes como ese limo que concede la fertilidad a las tierras egipcias?

 

Con el Nilo fertilizando sus riberas, el cielo, el aire y el calor, se tejió en tiempos remotos como una red de correspondencias, testimonio terrestre de una sola divinidad. Una divinidad que, de acuerdo con las antiguas doctrinas del país, estaba formada por una trinidad: Isis, Osiris y Horus, ayudada por otros dioses menores. Fue el faraón Akenaton quien rompió ese equilibrio celeste al proclamar la existencia de un dios único, Aton, equilibrio que intentó restablecer durante su breve reinado, el misterioso Tutankhamon.

 

La religión dominó en aquella larguísima época toda la vida de Egipto, siendo los sacerdotes los que en realidad gobernaban a la nación y a todos sus moradores.

 

Por eso, el país regido por el Libro de los Muertos, ha sido uno de los más enigmáticos y abocados a las polémicas más encornadas entre los expertos en egiptología.

 

El antiguo Egipto nos legó una maravilla tal como el Valle de los Reyes, con su enorme multitud de tumbas, llenas de secretos, misteriosas, enigmáticas, repletas de tesoros muchas de ellas, aunque el mayor de sus tesoros sea la indeleble huella histórica acerca de un país fabuloso, del que, gracias a los denodados esfuerzos de hombres de ciencia, como Champollion, lord Carnarvon y Howar Carter, descubridores los dos últimos de la tumba de Tutankhamon, en la actualidad conocemos muchas de sus costumbres, de sus ideas religiosas, de sus dinastías, que de otro modo se habrían diluido en un pasado oscuro y tenebroso.

 

Incluso ese gran caudal de agua que es el Nilo habría constituido un misterio, puesto que no fue hasta el siglo XIX cuando, exactamente en 1857, el británico John Hanning Speke, llegó hasta el lago del centro africano, al que impuso el nombre de Victoria como homenaje a la soberana que a la sazón regía los destinos de Inglaterra, descubriendo acto seguido que dicho lago era la verdadera fuente del Nilo, el río sagrado del país, en tanto que otros ríos afluían al victoria desde los montes de Kenya.

 

Este río puede considerarse como la arteria aorta de Egipto. Su nombre, Nilo, procede del griego “Neilos”. Durante milenios, el origen del Nilo fue un misterio, pues sus aguas provenían del lejano Sur pero nadie de la antigüedad había logrado penetrar en las tierras meridionales del continente africano como para alcanzar sus fuentes.

 

A medida que el nilo discurre hacia el norte, o sea hacia la cuenca del Mediterráneo, su cauce se va estrechando paulatinamente y tonándose más abrupto.

 

La nación que era el antiguo Egipto tuvo como escenario principal el territorio que se extiende entra la Primera Catarata y el delta del río, al desembocar en el que los latinos llamaron Mare Nostrum.

 

Para acabar citaré las palabras que el virrey Meten le dijo a su soberano, el faraón Djeser III, de la III dinastía:

Hay una ciudad junto al río de la que éste parece extraer su existencia. Se llama la ciudad del Principio, y es por allí, lejos, muy lejos, donde está el Sur, el país cuya tierra fue creada antes que todo lo demás. Allí reina el dios Ra, donde reposa después de crear al primer hombre, y de allí surge nuestro gran río, el que fertiliza nuestros campos y nos concede la gracia de la vida.

 

Y así se elaboró una historia del mundo, una cosmografía totalmente egipcia, mediante la fusión de lo familiar y lo fantástico, de lo mágico y lo religioso.


Tomás “El Versificador”

Tomás “El Versificador”, poeta  del siglo XIII, experimentó el hechizo de las hadas. Hallábase un día tendido a la orilla del Huntlay, cuando nada menos que la Reina de Elfolandia en persona, vestida de verde, pasó montada en un caballo cuya crin llevaba entretejidas innúmeras campanillas.

Se vió atrapado por un beso y subido a la grupa del caballo que atravesó desiertos y ríos de sangre, hasta llegar a un verde jardín de Inglaterra.

Una manzana le otorgó el don de la profecía y una lengua incapaz de mentir.

 

Yacía el fiel Tomás en una orilla herbosa

desde donde observó a una vistosa dama,

una dama repleta de vida esplendorosa

cabalgando en el valle de la espinosa rama.

 

Su falda era de seda verde hierba de mayo,

su capa majestuosa de fino terciopelo

y luego, a cada lado de la crin del caballo,

cincuenta campanillas que elevaban su vuelo.

 

Quitóse el fiel Tomás su sombrero de prisa

Y marcó una profunda y viva reverencia.

“Salve, Reina del Cielo, jamás una sonrisa

como la tuya he visto en toda mi existencia”.

 

“¡Oh, no, mi fiel Tomás, oh, no! –le dijo ella-.

No, no me corresponde el nombre que me has dado.

Tan sólo soy la reina de mi Elfolandia bella

Y para visitarte hasta aquí me he llegado.

 

Conmigo, fiel Tomás, has de venir ahora,

sí, fiel Tomás, ahora debes venir conmigo;

durante siete años me has de llamar señora,

bien de grado o por fuerza, de veras te lo digo”.

 

Dio la vuelta al corcel, como la leche blanco,

y a la grupa subióse al punto el fiel Tomás,

y siempre que las bridas le azotaban el flanco,

el corcel obediente corrió cada vez más.

 

Cuarenta días justos, con cada noche bruna,

con sangre a la rodilla siguió su vadear,

y en todo su camino no vio ni sol ni luna,

pero sí oyó el constante bramido de la mar.

 

Cabalgando siguieron el camino adelante

hasta que un jardín verde fue final de su ruta.

“Apéate, mi dama, la del claro semblante,

y deja que yo coja para ti alguna fruta”.

 

“¡Oh, no, mi fiel Tomás! –dijo con gesto tierno-.

Esa fruta no debe ser tocada por ti,

porque todas las plagas horribles del infierno

caerán sobre la fruta del país que hay aquí.

 

Pero tengo una hogaza de pan en mi regazo

Y un vinillo clarete del que podrás beber,

y antes de que vallamos más lejos, habrá plazo

para que descansemos, y así podrás comer”.

 

Tras beber y comer Tomás hasta la hartura,

“Reposa en mi rodilla tu cabeza cansada

-le dijo-, pero antes de subir a la altura,

te llevaré a que veas el árbol de algún hada.

 

¿No ves aquel sendero que es estrecho y adusto,

donde espinos y brezos alocados se juntan?

Pues ese es el camino de lo recto y lo justo,

Aunque luego son pocos los que por él preguntan.

 

¿Y no ves esa senda sinuosa y torcida

que cruza esos macizos de lilas sobre el suelo?

Pues es la triste senda de la maldad en la vida,

aunque algunos lo llaman el camino del cielo.

 

¿Ves la plácida senda que a lo lejos destella,

serpeando en el valle que es de espinos derroche?

Es camino que lleva a Elfolandia la bella

donde tú y yo debemos arribar esta noche.

 

Mas cuida de que luego tu boca no se abra,

por mucho que tú veas o que oigas, Tomás;

porque si pronuncias una sola palabra

a tu país amado no volverías más”.

 

Después tuvo una capa Tomás, de lisa tela,

más un par de zapatos de verde tercipelo,

y hasta que siete años le dejaran su estela,

jamás se volvió a ver a Tomás sobre el suelo.

 

Baladas populares inglesas y escocesas

FRANCIS JAMES CHILD

 

Tomás vivó siete años en el país de las hadas antes de regresar a la tierra a escribir poesías y a hacer auténticas profecías. Dicen algunos que al final volvió y vive todavía como señor de la Corte de las Hadas.

Pero otros hay que jamás regresan del país de las hadas. Entre ellos los hermosos muchachos llevados con señuelos para convertirse en amantes de las princesas feéricas, o los jóvenes a quienes se les encargan trabajos o aquellos que reciben instrucción de soldados extra para las batallas de las hadas.


Brujas: Medea

Noche fidelísima para los secretos, y vosotras, doradas estrellas,

que con la luna sucedéis a los rayos del día, y tú,

Hécate  de tres cabezas, que conocedora de mis propósitos

acudes en mi auxilio, y vosotros, ensalmos y artes mágicas,

y tú, Tierra, que provees a los magos de hierbas eficaces,

y vosotros, brisas y vientos, montes, ríos y lagos,

dioses de todos los bosques y dioses todos de la noche, venid.

Con vuestra ayuda, cuando he querido, los ríos retrocedieron

A sus fuentes con asombro de las orillas, y con mis hechizos

calmo los mares encrespados y encrespo los calmados,

y disperso y junto las nubes, y alejo y convoco los vientos,

con mis conjuros y ensalmos rompo las fauces de las víboras,

y muevo la roca viva y los árboles y los bosques,

arrancándolos del suelo, y hago a los montes temblar,

a la tierra rugir y a los muertos salir de sus sepulturas.

También a ti, Luna, te hago bajar, por mucho que los bronces

de Temesa alivien tus eclipses; a mis conjuros palidece

hasta el carro de mi abuelo, palidece la Aurora con mis drogas.

Vosotros por mí debilitasteis las llamas de los toros y cargasteis

con un curvo arado sus cuellos que ignoraban el peso; vosotros

provocasteis entre los hijos de la serpiente una feroz guerra,

y dormisteis al guardián que desconocía el sueño, y engañando

a su protector enviasteis el oro a las ciudades griegas.

Ahora hay necesidad de un elixir gracias al cual la vejez

rejuvenezca y vuelva a la flor y recobre sus años primeros.

Y lo concederéis, pues no han centelleado en vano los astros

ni en vano está aquí mi carro, tirado por las cervices

de dragones alados.

 

 

La invocación de Medea resume sus poderes y algunas de sus brujerías en las aventuras emprendidas por los argonautas para arrebatar el vellocino de oro. El recordatorio es una carta de presentación que se cita para convocar a todas las fuerzas sobrenaturales y para singularizar a quien se cree capaz de ejecutar el hechizo más asombroso, orgullosa de sus logros pretéritos y dispuesta a acometer un nuevo prodigio.

 

Libro VII de “La Metamorfosis”, de Ovidio

Citado en “El Gran Libro de las Brujas.

Hechicerías y encantamientos de las mujeres más sabias.”

De Rafael M. Mérida Jiménez