Los bosques

En pleno bosque, la ciudad de Eliande se extendía entre cielo y tierra. Era una ciudad arácnea, un inextricable embrollo de lianas y ramas, de follajes y malezas, con helechos altos como un elfo y casi amarillos que formaban por encima del suelo una bóveda luminosa. Algunos habían construido sus chozas en el santo suelo, bajo aquella copa translúcida, otros, incluso, se habían hundido en la tierra, entre las lisas raíces de las hayas. Pero la mayoría de los elfos vivían en la copa de los árboles, justo bajo el cielo, en cabañas que en nada se parecían a lo que un hombre hubiera podido considerar una vivienda.

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Aquella ciudad inmensa se fundía en el bosque hasta tal punto que habría podido atravesarse sin ser advertido, pues no se hallaba en ella ni el ruido característico de las ciudades humanas, ni su perpetua agitación, ni olor de cocina alguna. Los elfos no sentían ni el frío ni la lluvia, y su noción de comodidad sumía a los demás pueblos en la consternación. Por esa razón no construían nada y, por muy grandes que fueran (y ésta era la mayor de todas), sus ciudades no eran, al modo de ver de los hombres, más que una maraña vegetal sin significado. Sin embargo era una ciudad inmensa y muy antigua, edificada mucho antes que los primeros burgos fortificados de los hombres aparecieran en la llanura. En vano se habría buscado un palacio, tiendas o incluso murallas. Allí no había nada, ni calle, ni plaza, ni lugar alguno donde reunirse, apenas un calvero. Pero todos los árboles estaban marcados con runas y todas las rocas estaban esculpidas, a veces desde el alba de los tiempos, con rostros-hojas ingenuos o extrañas volutas cuyo sentido habían olvidado los propios elfos.

En aquel tiempo, cuando el mundo era joven, decíase que la diosa Dana había creado el primer bosque para reunir los tres niveles de la conciencia, el mundo celestial que rozaban las altas ramas de los árboles, el de la superficie y las apariencias sobre el que crecían, y el mundo subterráneo en el que hundían sus raíces. Había plantado los siete árboles sagrados, el haya, el abedul, el sauce, el avellano, el aliso, el manzano y el acebo, y de ese bosquecillo había nacido toda la vegetación del reino de Logres y más allá. Cada árbol había sido designado por un ogam, una runa vegetal, formando así un alfabeto sagrado, para que los bosques hablaran por siempre a quien supiera leerlos.

Allí, en el corazón del bosquecillo, los elfos habían escondido su talismán, el caldero del Dagda, el Graal del conocimiento divino. Y allí se perpetuaba la enseñanza de la diosa, allí los iniciados se convertían en druwid, sabios por los árboles…

Pero eso fue hace mucho tiempo y el bosque había desaparecido, poco a poco, corroído por el desbroce de los campesinos, troceado por escaras y boquetes cada vez más anchos, que pronto llegaron al mar. Había sido lento, anodino al principio, casi ridículo por lo desprovistos que parecían los hombres, con sus hachas y sus sierras, frente a aquel océano de árboles inmenso, infinito. Sin embargo, hoy la llanura de los hombres recubría todo el mundo, y ya sólo subsistían, aquí y allá, algunos bosques flanqueados de malezas, de abrojos y troncos de árboles abatidos, que se pudrían lentamente bajo la lluvia y el viento.

Los elfos habían tenido que aprender a vivir fuera del bosque. Algunos se habían establecido en las marismas, en las marcas de las landas pobladas por los monstruos. Otros, a los que se llamaba elfos verdes, subsistían en los bosques y las malezas, junto al pueblo pequeño. Los elfos de los remansos se habían reunido con los hombres de las dunas y habían aprendido el mar.

De su antiguo dominio sólo quedaba una gran selva, la última por la que los elfos se habían batido, que se extendía en torno al bosquecillo sagrado de los siete árboles. Los hombres la llamaban Eliande, sin saber que ése era el nombre con el que los elfos designaban antaño el bosque entero, y con el tiempo los propios elfos le habían dado el nombre de Broceliande –el país de Eliande. Los que vivían allí eran llamados altos-elfos, y Liane era su reina.

 

La noche de los elfos.

Jean-Louis Fetjaine.

 

Así describe el autor de esta apasionante trilogía élfica el hábitat por excelencia de hadas y elfos: el bosque. El bosque misterioso, lleno de vida, de alientos, de sombras, de horror; los bosques que antaño cubrían generosamente Europa. Los bosques, dentro de los cuales los humanos no sabían adentrarse sin un recogimiento lleno de respeto. Nuestros antepasados conocían bien la bullente vida del bosque; muchos de los antiguos pueblos europeos, como los celtas y germanos, los veneraban como espacios sagrados, pues tras la imagen estática y calma de sus troncos y copas captaban una existencia exuberante, ajena a los humanos, potente y generosa, pero que podía ser hostil. El bosque otorgaba alimento y riqueza al hombre, pero también podía cobrarse sus vidas.

Los elfos de los bosques son a veces siniestros, quizás podrían incluirse dentro de la categoría de elfos de la penumbra.

Los Skogsra, elfos suecos, se consideraban peligrosos. Sus mujeres, que eran hermosas y seductoras, intentaban atraerse a aquellos que se habían extraviado en el bosque. Si lograban hacer contestar “sí” a uno de los perdidos en el bosque con sus llamadas, el desdichado estaba bajo su poder. Pero el control total sobre su víctima por parte de la Skogsnufva es cuando se ha consumado el trato carnal con el humano, entonces éste nunca podrá olvidar su noche de amor con la elfo, enfermará y morirá de melancolía. Los frutos de estas uniones son abortos monstruosos que más tarde, estas desaprensivas madres, intentarán cambiar por niños humanos hermosos y saludables.

Los esposos de las Skogsnufva, pueden cambiar de aspecto a voluntad: expandiéndose o menguando. Su verdadera forma es de ancianos con anchos sombreros, aunque pueden aparecer bajo la forma de lechuzas cornudas. Cuando tienen apariencia humana les delata su larga cola de buey, y lo mismo les sucede a sus esposas.

Las Vily son exclusivamente femeninas, viven preferentemente en los bosques de las montañas y en los picos escarpados. Son muy territoriales y toman medidas muy agresivas contra quien se acerque a sus árboles, bosque o animales. Se dice que nacen durante las lluvias de verano, cuando el sol descompone las gotas que penden de los árboles en pequeños arcos iris. Su personalidad es ambivalente, pues junto a su posesivo rigor –que puede mutilar o matar a aquellos que hayan dañado a alguno de sus animales o simplemente entrado en sus territorios, o bebido de sus fuentes- también pueden ser muy solícitas con los niños que ellas protegen, o en el cuidado de los campos, arroyos, bosques y ganado de los que sean dueñas. Tienen un gran conocimiento de artes mágicas y curativas y, de hecho, las mujeres que deseaban ser curanderas realizaban ceremonias para atraer a las Vily.

La vida de la Vila está ligada a un árbol-morada, sin embargo, son independientes de esta morada y pueden vagar lejos de ella durante años. Pero cuando uno de estos árboles es derribado, una Vila muere y sus compañeras vengarán su muerte. Sus árboles favoritos son los que dan frutos: nogales, pinos negros y hayas.

Las Vily son finas, de largas cabelleras onduladas de color castaño rojizo que les pueden llegar hasta los pies. Llevan vestiduras de blanco inmaculado. Su belleza puede ser exquisita.

 

Elfos y hadas en la literatura y el arte.

Los espíritus Elementales del Aire.

Sara Boix Llaveira

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